Andrés Allamand, de su turbio pasado en la ‘patrulla juvenil’ de la Transición chilena a secretario general iberoamericano

Andrés Allamand, de su turbio pasado en la ‘patrulla juvenil’ de la Transición chilena a secretario general iberoamericano

En las últimas fechas, el canciller chileno Andrés Allamand ha sido nombrado secretario general iberoamericano en la XXVIII Cumbre Iberoamericana de jefes de Estado y de Gobierno, celebrada en la República Dominicana el pasado 26 de noviembre. Pero ¿quién es Andrés Allamand? La historia del actual canciller chileno es también la historia de la ‘patrulla juvenil’ que irrumpió en los años noventa en la política chilena y gestaron la Transición del país. Una historia y una Transición aderezada con cocaína, campañas de desprestigio, escuchas ilegales, fugas judiciales o vídeos falsos que ha culminado con los protagonistas en las más altas esferas del poder chileno. Quizás, atendiendo a este pasado, sorprenda menos lo acontecido en las revueltas de octubre de 2019.

Sea como fuere, vamos con la historia de la ‘patrulla juvenil’, que comienza cuando cuatro jóvenes chilenos —Sebastián Piñera, Andrés Allamand, Evelyn Matthei y Alberto Espino— despuntaban en el Chile de los años noventa para liderar la transición de la dictadura de Pinochet hasta un régimen de apariencia democrática que pudiera ser homologado a nivel mundial —tampoco había que excederse y crear una democracia plena—.

Se trataba, por tanto, de una joven generación de políticos derechistas que se ‘oponían’ a Pinochet. Esto es, habían comprendido que ya no era necesario el uso de las formas militares para mantener el orden neoliberal, sino que con una pseudodemocracia bastaba, así que hicieron entender al dictador chileno, con el apoyo internacional —Iglesia incluida—, que era necesario encontrar una salida beneficiosa para las élites. Y es que quedaba mucho mejor lo de ir a votar cada cuatro años a uno de los partidos que el sistema neoliberal da opciones electorales reales que tener siempre al mismo dictador. Así pues, se pusieron ‘manos a la obra’ para crear un régimen de apariencia democrática —tanto es así, que la Constitución de Pinochet siguió vigente—.

La forja de la ‘patrulla juvenil’: el Chile de Pinochet

Chile se sentía, si no libre, sí al menos neoliberal, acababan de celebrar un plebiscito —1988— para dirimir la continuidad o no del régimen de Pinochet, la última dictadura que quedaba en América Latina, y había ganado con contundencia el ‘no’. Una fantochada, claro, pues tanto los democristianos como los socialistas se posicionaron por el ‘no’ y el régimen chileno había aceptado internacionalmente su disolución si perdía el referéndum —de lo contrario, el régimen de Pinochet habría cometido las mismas irregularidades que en los referéndums de 1978 y 1980—. Pero la crisis de 1983, la brutal represión, el atentado fallido a Pinochet en 1986 y el éxito de transiciones desde regímenes autoritarios a democracias controladas en América Latina y el resto del mundo fueron determinantes en la decisión de los Estados Unidos de convertir a Chile en una democracia a su manera.

Eran personas del régimen que, sencillamente, creían que se necesitaba cambiar algo —la apariencia— para que no cambiara nada —ni las élites ni el sistema—.

Así pues, tras el referéndum de 1988, el líder democristiano, Patricio Aylwin, se convirtió en presidente de Chile en 1989. Había nacido un nuevo Chile, con el mismo ADN que su predecesor, mantener el orden neoliberal, pero sin tantas arrugas. En este contexto es cuando surge la ‘patrulla juvenil’, conformada por cuatro jóvenes chilenos, dispuesta a rejuvenecer aún más la apariencia democrática de cartón piedra del viejo-nuevo régimen. Cuatro jóvenes, para ser más exactos, que se habían forjado en el Chile de Pinochet.

Porque considerar a los miembros de la ‘patrulla juvenil’ como opositores a Pinochet es tan excesivo que roza lo fantasioso. Eran personas del régimen que, sencillamente, creían que se necesitaba cambiar algo —la apariencia— para que no cambiara nada —ni las élites ni el sistema—. De hecho, Sebastián Piñera es hijo de José Piñera, uno de los fundadores del Partido Demócrata Cristiano chileno (PDC) en 1964 y embajador en Bruselas y en Nueva York —en las Naciones Unidas—; Evelyn Matthei es hija del general chileno Fernando Matthei Aubel; Alberto Espina es sobrino de Jorge Miguel Otero Lathrop, presidente del Directorio del Banco Español-Chile; y Andrés Allamand ya formaba parte de las juventudes políticas del régimen con solo dieciséis añitos —un cachorro de Pinochet—. Queda claro, pues, que ni a ellos ni a sus familias les fue excesivamente mal con Pinochet, de hecho los cuatro tienen en común el haber gozado de los más exclusivos centros educativos chilenos e internacionales.

El folletín de los noventa

Como haberse forjado en el Chile de Pinochet les dejó una huella indeleble, sus primeros pasos democráticos no distaron mucho de los que habrían dado en el caso de continuar la dictadura. Por ello, acabaron protagonizando el primer gran escándalo político de los años noventa: el Piñeragate o Klotazo —en 1992—, cuando fueron difundidas unas grabaciones en las que se escuchaba a Piñera tramar una encerrona mediática a su rival, Evelyn Matthei, la cual después confesó haber espiado a Piñera.

Contrariamente a lo que se podría pensar, estos escándalos no terminaron con la carrera política de ambos, solo la interrumpieron durante un tiempo. De hecho, ni siquiera se trató del primer escándalo protagonizado por un miembro de la ‘patrulla juvenil’ ni tampoco del último: Sebastián Piñera ya tenía antecedentes y poco después llegaría un escándalo relacionado con las drogas que salpicaría a Andrés Allamand, Evelyn Matthei y Alberto Espino. 

El antecedente de Piñera lo encontramos en los años ochenta —en 1983—, tras la aguda crisis que sufrió el país tras una década de dictadura de Pinochet, el Banco de Talca, del que era accionista Piñera, colapsó debido a las prácticas fraudulentas operadas por Piñera y sus accionistas, entre los que se encontraba el reputado Carlos Massad. Tal fue la situación que llegó a esconderse de la justicia tras la solicitud de detención por fraude y asociación ilícita. Fue entonces cuando la Justicia comenzó a maniobrar: Piñera apeló a la Corte de Apelación de Santiago, donde perdió; y después hizo lo propio en la Corte Suprema de Justicia, donde consiguió quedar exonerado. El caso fue sobreseído, lo que también benefició a Carlos Massad y al resto de socios —como Calaf y Danioni—.

Y el escándalo que bautizó al resto de integrantes en la democracia de la Transición chilena aconteció en los años noventa —en 1995—, cuando el exministro de Pinochet, Francisco Javier Cuadra, denunció en la revista Qué pasa que había diputados en el parlamento que consumían drogas —con la mano negra de Evelyn Matthei detrás—. Un escándalo —el Caso Drogas— que afectó directamente tanto a Andrés Allamand, entonces presidente de Renovación Nacional, como a Alberto Espina, acusados junto a otros políticos de la derecha chilena de consumir cocaína —fueron procesados tres guardias, una secretaria, un auxiliar y varios contactos externos acusados de suministrar droga en el Congreso, así que algo hubo—.

Aunque el principal responsable de la denuncia, Francisco Javier Cuadra, fue condenado por no verificar las denuncias realizadas, estas quedaron para siempre en el currículum de Andrés Allamand —y de Alberto Espino—, sin que se haya podido certificar si se trató de una denuncia cierta o de una operación política de derribo. Operación que, en todo caso, habría sido urdida entre Matthei y Cuadra, el que fuera ministro preferido de Pinochet, que no solo en el momento de la denuncia ejercía una especie de tutoría política de Evelyn Matthei, sino que con anterioridad había sido asesor de Sebastián Piñera y muy crítico con la propia Matthei durante el Piñeragate. Y es que la historia de la generación política chilena que ha liderado el país durante las últimas décadas tiene más giros que una telenovela.

Además, por si no existían suficientes dudas al respecto del Caso Drogas, todavía acontecerá un capítulo más, ya que, tanto Cuadra como Matthei, volverían a protagonizar un escándalo relacionado con el asunto, una especie de sórdido epílogo, cuando Danilo Gómez, un expreso con el que Cuadra coincidió en prisión, intentó involucrar con un vídeo falso al diputado Juan Carlos Latorre con el consumo de cocaína. El asunto, por entonces, ya iba de mal en peor, por lo que los involucrados parece que se tomaron un respiro. Aunque no duró mucho.

Como suele suceder en las democracias monitorizadas por Estados Unidos, el Chile posterior a Pinochet fue generoso en el olvido y el perdón —a las élites— y permitió que la ‘patrulla juvenil’ ofreciera más servicios a la patria.

Porque, si alguno piensa que el asunto se convirtió en agua pasada, de la que no mueve molinos, nada más lejos de la realidad. En el año 2013, próximas las elecciones de 2014, Evelyn Matthei volvió a insistir en su denuncia respecto al Caso Drogas en un programa de televisión chileno en el que aseveró que: «Hubo personas condenadas. Fueron básicamente secretarias y junior, pero que había droga en el Congreso, desgraciadamente fue así. Y lo que había tratado de decir Cuadra es, miren, el problema no es si esa persona consume o no consume droga si no hasta qué punto esa persona es vulnerable. Pero hubo una reacción a mi juicio equivocada, porque también yo creo que una persona que consume droga es una persona a la que hay que ayudar y tratar». De nuevo, Allamand —y Espino, además de otros diputados— quedaban señalados a pocos meses de un proceso electoral, esta vez como «personas a las que hay que ayudar y tratar». Golpe bajo de los que duelen. Y mucho.

El renacer de la ‘patrulla juvenil’

Relaciones con la cocaína, escuchas telefónicas, campañas de desprestigio, fuertes vínculos con la dictadura y un sinfín de traiciones, juegos sucios y dimes y diretes fueron los grandes aportes de la ‘patrulla juvenil’ a la democracia chilena de los años noventa,  a la Transición, pero no fueron ni los únicos ni los últimos, como habría ocurrido en cualquier democracia de cierta calidad. Por el contrario, como suele suceder en las democracias monitorizadas por Estados Unidos, el Chile posterior a Pinochet fue generoso en el olvido y el perdón —a las élites— y permitió que la ‘patrulla juvenil’ ofreciera más servicios a la patria.

Porque con semejante historial juvenil resulta incomprensible que Sebastián Piñera ganara las elecciones y se convirtiera en presidente de Chile entre 2010 y 2014 —máxime tras su apoyo explícito a Pinochet en su detención en Londres en 1998— y volviera a repetir triunfo en 2018. Pero las ganó. Unas victorias electorales en la que, además, estuvo acompañado por la ‘patrulla juvenil’: Evelyn Matthei fue nombrada ministra de Trabajo y Previsión Social por Sebastián Piñera, al que años antes había escuchado ilegalmente —de 2011 a 2013—; Andrés Allamand, al que Matthei había mostrado como un consumidor de cocaína, se convirtió en ministro de Defensa —de 2011 a 2012— y, posteriormente, en ministro de Relaciones Exteriores —desde 28 de julio de 2020—; y Alberto Espina, otro supuesto simpatizante de la coca, se convirtió en ministro de Defensa durante la segunda legislatura —de 2018 a 2020—. Tendrían ganas de matarse, pero ahí estaban bien juntitos ellos, tanto que las reuniones ministeriales no debían tener desperdicio alguno.

Así pues, el balance que ofrece la ‘patrulla juvenil’ a la historia de Chile no parece muy gratificante: el cerebro de una guerra sucia mediática contra una compañera de partido, huido de la justicia y asesorado por el ministro preferido de Pinochet como presidente; dos acusados de consumir cocaína como ministros de Defensa y uno de ellos, además, como canciller chileno; y la urdidora de escuchas ilegales —y relacionada también con un vídeo falso— como ministra de trabajo.

El último y no menos sorprendente capítulo de la ‘patrulla juvenil’, al menos desde un plano utópico en el que se no se conociera el funcionamiento de la Comunidad Internacional, acaba de acontecer, tal y como señalamos al principio, con el nombramiento de Andrés Allamand, actual canciller chileno, como secretario general iberoamericano en la XXVIII Cumbre Iberoamericana de jefes de Estado y de Gobierno celebrada en la República Dominicana el pasado 26 de noviembre.
No sé si son cosas de la democracia occidental o me lo parece, pero demasiado bien han envejecido los cachorros adolescentes de Pinochet y patrulleros juveniles chilenos de los años noventa para tan azarosa transición a la madurez.

Luis Gonzalo Segura

Ex teniente del Ejército de Tierra expulsado por denunciar corrupción, abusos y privilegios anacrónicos. Autor de las novelas ‘Un paso al frente’ (2014) y ‘Código rojo’ (2015) y los ensayos ‘El libro negro del Ejército español’ (2017), ‘En la guarida de la bestia’ (2019) y ‘El Ejército de Vox’ (2020). 

@luisgonzaloseg

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